Un cuidado para cada tipo de piel

Cada cutis es un mundo, con unas necesidades que le hacen único. Claro, moreno o cetrino, seco, graso o mixto, con tendencia a que le salgan granitos o espinillas al menor disgusto, con rojeces, arrugas o manchas, extremadamente sensible o indiferente a los cambios… No está de más contar con un aparato especial para tratar nuestra piel a diario, como pueda ser el Age Skin de Vida 10. Pero hoy hablaremos sobre cremas.

Cuidado de la piel

No existen dos pieles iguales ni todos tienen las mismas necesidades. Y, por supuesto, no evolucionan igual a medida que pasa el tiempo.

Prueba de la gran complejidad de este microcosmos llamado piel es que cada grupo étnico tiene que preocuparse más por unas necesidades que por otras.

El lugar en el que se vive también tiene una gran influencia en las exigencias epidémicas. Por ejemplo, generalmente donde hace buen tiempo y luce el sol son más frecuentes las arrugas y las manchas producidas por el sol, incluso de manera prematura, problemas que en los países fríos del norte apenas se dan. En estos son más frecuentes las rojeces y la sequedad producidos por el frío intenso.

El caso es que el aspecto de nuestra piel es una de las cosas que más nos preocupa, independientemente de donde nos encontremos. Y lo que más nos suele preocupar son las arrugas de expresión y la flacidez (bolsas, ojeras, papada, surcos…)

Y para cuidarlo de una manera adecuada y resolver los problemas existentes hay que partir de una base, saber como funciona y lo que mejor le sienta a nuestra piel.

Nuestra epidermis es un eficaz entramado de células, fibras y capilares capaz de hacer frente a miles de agresiones distintas, tanto internas como externas. Pero, a la vez, puede volverse muy frágil y vulnerable si no se le presta la atención debida.
El hecho es que el proceso de envejecimiento empieza mucho antes de lo que pensamos. A partir de la veintena la piel se hace más fina debido a la pérdida de colageno. Pasados los 30 se hacen visibles los primeros síntomas: sequedad, flacidez y arrugas. También se pueden notar zonas más o menos pigmentadas.

Sin duda, esta es la peor etapa de la piel ya que además de nuestra genética, entran en juego factores externos, como nuestro estilo de vida, la contaminación, nuestros hábitos o el estrés, que pueden originar una pérdida considerable de la luminosidad y el aspecto juvenil de la piel.

Cuando estamos sometidos a mucha presión, nuestro organismo genera una hormona que es capaz de destruir el colageno y la elastina. El problema se intensifica porque el estrés también debilita la capacidad de defensa de la piel y la hace más frágil y vulnerable. Al mismo tiempo, obliga a las células a reproducirse más rápidamente y con mas frecuencia para regenerar la barrera cutánea. En cada una de estas divisiones se van acortando los telomeros, y una vez que se acaban, la célula muere. El resultado final de todo esto es un cutis envejecido antes de tiempo.

A lo largo de la década de los 40, se hace visible otro problema añadido: la redistribución de la grasa facial, con la consecuente perdida de tejido blando en los pómulos, frente, boca y alrededor de los ojos.

Y a partir de ahí todo va de mal en peor, los problemas lejos de mejorar se agravan, se marcan las cuencas, aumenta la flacidez al perder masa ósea, se hacen más prominentes las bolsas de los párpados, la papada y el mentón…

Resulta obvio que este proceso de envejecimiento está íntimamente relacionado con las características individuales de cada persona, pero también de forma muy clara con aspectos como el exceso de sol, el tabaquismo, el estrés, la alimentación…

Prueba de ello es que cada vez hay más estudios que indican que sólo el 60% del aspecto de la piel depende del ADN, mientras que el otro 40% restante depende del estilo de vida que llevamos y la forma en que tratamos al organismo.

La epidermis envejece peor y más rápido se se ha expuesto mucho al sol, y más si no se han utilizado cremas de protección solar alta.
Además, fumar incide muy negativamente en la piel, provocando su envejecimiento prematuro, así como la pérdida de firmeza y elasticidad. Además reduce los niveles de vitamina A, alterando la cantidad y calidad de colageno y elastina.

Lo mismo ocurre con una alimentación carente de frutas y verduras que nos aportan los minerales necesarios o abusar de ciertos alimentos “prohibidos”, como los azúcares refinados, los hidratos de carbono simples y blancos (arroz, maíz, pan blanco, frutas desecadas y pasas), el café (eleva el cortisol), las bebidas azucaradas (favorecen la absorción de las grasas y dificultan la digestión) o el alcohol (que daña la membrana que protegen las células).

¿Cómo debemos tratar la piel a cada edad?

A los 20 son indispensables los rituales de hidratación y limpieza dos veces al día (por la mañana y por la noche) específicos para cada cutis.

Llegados a los 30, además de continuar con lo anterior, hay que reforzar el tratamiento con fórmulas antiedad a base de antioxidantes y proteínas que prolongan el aspecto juvenil de la piel.

A los 40 la clave es reparar. Es el momento de reforzar la barrera cutánea con cerámicas y apostar por cremas con ingredientes nutritivos adecuados a nuestro tipo de piel, pero siempre con filtro solar alto. Sería aconsejable utilizar también fórmulas con activos que aumentan la producción de energía celular, como la niacinamida y los derivados del aceite de oliva, complementados por antioxidantes, más allá de los que tomemos con una alimentación saludable.

Para tonificar y reafirmar, un cóctel de adenosina y regaliz que favorece los tejidos de sostén de la piel, al igual que los lípidos son fundamentales para recuperar la barrera epidermica.

Hidratar está muy bien para mantener un cutis terso y nutrido, pero es insuficiente para que luzca radiante y luminoso, ya que las células muertas del mismo obstruyen la acción de estas cremas, dando un aspecto fatigado. Para revitalizarla, hay que añadir un exfoliante con ácido glicolico (una sustancia que penetra en las capas más profundas de la piel) que ayude a desprender las impurezas que se acumulan en la superficie, y un serum con ingredientes naturales (como la vitamina C) para reducir la inflamación.